sábado, 3 de marzo de 2018

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Respuesta al ex canciller de Colombia Julio Londoño Paredes
Leandro Area Pereira*

Acaba de ser publicado en la prestigiosa y leída Revista Semana de Colombia, un artículo firmado por el Coronel Julio Londoño Paredes (Bogotá, 10 de junio de 1938), columnista habitual de esa casa, cuyo título es “Sombras para Venezuela en el Oriente”. Resumo su contenido utilizando textualmente palabras del propio ex canciller: “El Secretario General de las Naciones Unidas, ha remitido la controversia entre Guyana y Venezuela a la consideración de la Corte Internacional de Justicia. Entretanto el diferendo colombo-venezolano sigue estancado”.
Deseo a este respecto aclarar que actualmente las relaciones entre Colombia y Venezuela tienen un esquema vigente de diálogo, recogido inicialmente en la Declaración de Ureña (28 de marzo de 1989), precisamente cuando el Coronel Londoño era Canciller de la República. Dicho esquema fue perfeccionado posteriormente con el Acta de San Pedro Alejandrino (6 de marzo de1990), convirtiéndose su contenido en política de Estado.
De esas fechas a esta parte, a pesar de los inconvenientes más o menos graves ocurridos entre ambos gobiernos, el modelo de negociación ha sido ratificado y enriquecido por ambas naciones a través de sus gobiernos hasta el día de hoy. Pacta Sum Servanda.
El tema de la delimitación de las áreas marinas y submarinas al norte del Golfo de Venezuela posee su Modus Operandi específico que es manejado por Comisiones Presidenciales Negociadoras que administran también otros temas, a saber: la demarcación y densificación de la frontera terrestre, las cuencas hidrográficas internacionales, la navegación de los ríos y las migraciones.
Los principios en los que se sustentan estas conversaciones son primero el de la negociación directa, quiere decir sin intervención de terceros, y segundo, el de la globalidad, que entrelaza todos los temas desgolfizando la relación entre ambos países y haciéndola así más fructífera y próspera sin ataduras a diferencias territoriales.
A la luz de estos argumentos es que venir a proponer la intervención de terceros a través de la aplicación del Tratado de No Agresión, Conciliación, Arbitraje y Arreglo Judicial entre Colombia y Venezuela (17 de diciembre de 1939), resulta, otra vez y ya tantas, fuera de contexto y de ceguera hostil, al no leer como se debe el rotundo Artículo II del mencionado Tratado, en donde se nos dice que sí, que ambas partes se comprometen a someter a los procedimientos de solución pacífica las controversias de cualquier naturaleza, “exceptuando solamente las que atañen INTERESES VITALES, A LA INDEPENDENCIA O A LA INTEGRIDAD TERRITORIAL”, y el Golfo de Venezuela calza perfectamente en todas esas excepciones. ¿Hasta cuándo habrá que repetirlo?
Pero ya es vieja la mala intención y la manía de querer llevar a Venezuela a laudos en los que siempre hemos salido derrotados en los temas de la definición de la frontera terrestre. Para ejemplo están el Laudo Español (16 de marzo de 1891) y el Suizo (24 de marzo de 1922). Esa ha sido además la postura pertinaz de Colombia, con Julio Londoño a la cabeza, desde los años setenta, esa la de obligarnos a discutir derechos soberanos frente a jueces sobre áreas marinas y submarinas en tercerías jurídicas que hasta al Papa han propuesto.
En tal sentido, los últimos eventos que vienen a mi memoria son los ocurridos hace ya 30 años, en agosto de 1987, en el Golfo de Venezuela, con la incursión entre otras de la corbeta ARC-Caldas en áreas marinas y submarinas en las que Venezuela ha ejercido y ejerce soberanía plena y control inmemorial. El presidente de Colombia era Virgilio Barco y su canciller precisamente Julio Londoño; el presidente de Venezuela era Jaime Lusinchi y su canciller Simón Alberto Consalvi.
Ahora reaparece nuevamente como fuera de foco y de contexto el tema de la delimitación de las áreas marinas y submarinas entre Colombia y Venezuela, por voz de quien ha ejercido, nadie lo niega, tamaño poder en la definición y ejecución de la política fronteriza de Colombia en los últimos cincuenta años, es decir, medio siglo. Honor a quien honor merece.
Por eso justamente es que debemos estar pendientes pues regolfizar las relaciones políticas entre ambos países sería una insensatez. Aprovechar las debilidades institucionales del gobierno venezolano y las penurias de la población que ya rayan en debacle humanitaria con repercusiones alarmantes para el vecino en materia migratoria, para repetir una incursión como la antes señalada, sería una insensatez mayor e imperdonable, otra herida abierta que no merecen las generaciones del porvenir.
Por otra parte, tratar de remendar los fracasos y las derrotas sufridas frente a Nicaragua en litigio por soberanía marítima en esa misma invocada Corte Internacional de Justicia de la Haya, creando una situación de provocación y posible guerra con Venezuela, estaría en contravía además, imagino, con la actitud del gobierno de Juan Manuel Santos quien prefirió la obsequiosa participación del gobierno de Venezuela en resolver el tema de la paz con la guerrilla, dejando a cambio en silencio cómplice hacer y deshacer a su vecino el gobierno venezolano, su mejor amigo, lo que se hacía en contra de la democracia y los derechos humanos. En dicho escenario el tema del Golfo de Venezuela nunca estuvo en la agenda de Santos y ahora, ya con el sol a las espaldas, debería suponer que quién sabe.
Revivir hoy, como lo hace el articulista, traído por los cabellos y mal empaquetado dentro de la problemática presente entre Guyana y Venezuela el tema del Golfo, vendría a darle mayores argumentos al gobierno de Nicolás Maduro para militarizar y radicalizar más aún su gestión interna y su actitud belicosa frente a vecinos y demás escenarios de la política internacional que hoy juegan a favor del restablecimiento de la democracia en Venezuela y a la total pacificación de las guerrillas en Colombia. Sería ponerle en bandeja de plata argumentos, oxígeno y tiempo para que el gobierno se victimizara aún más y disparara su inagotable y cansina artillería verborréica anti imperialista y demás.
Apreciado Canciller Londoño lo invito a que pensemos en grande, nuestros padres mayores y naciones así lo merecen. Animemos más bien la idea de un futuro democrático unido de progreso para ambos pueblos que siguen siendo uno, y relancemos sueños de integración política, económica y social de nuestros dos países amenazados hoy por tantas necesidades y penurias y pendientes de los mismos peligros que cobran fuerza y demagogia en tiempos de cizaña.

* Embajador. Ex Secretario Ejecutivo de la Comisión Presidencial Venezolana Negociadora con Colombia (1989-1999)

martes, 29 de marzo de 2016

De victorias y derrotas 

Leandro Area

De victorias y derrotasSobre victorias y derrotas, que en traducción universal resu ltan ser casi siempre sinónimos estrafalarios de éxitos y fracasos, quiero dejar por escrito en este espacio utilizando la tiza que me facilita su clemencia para borrar y perdonarme si me equivoco. Sobre ellas pienso murmurar, discurrir y proponer. Espero llegar a alguna parte.
Intentar definirlas es ya de por sí  un hecho controversial y laborioso. Clasificarlas es aventura absurda, casi que mórbida, pero dejar de pensar en ellas es al mismo tiempo improbable. “Ser o no ser”, que vendría a representar uno de sus binomios comparativo de parentesco preferido y tradicional, análogo potencial aunque insatisfactorio, no tiene tampoco límites precisos que pudieran ayudarnos en nuestra empresa definitoria pues es tal de inmensa y elusiva su territorialidad que muchas veces la existencia humana se encuentra adherida de manera implacable a sus designios sin nosotros poder ser sino testigos. De asuntos de esa índole estamos pues hablando. Casi que exagerando, del destino. Más complicado aún si se piensa que se pudiera ser y no ser al mismo tiempo, victorias y derrotas complementarias y no necesariamente excluyentes, cambiando profundamente las reglas de ese juego o tragedia en su versión clásica, dándole primacía ahora al estar sobre el cansado y moral ser aquel de Shakespeare.
En adición de complejidades, que las hay para todos los gustos, imagino que ya antes de nacer existen células o mecanismos especialísimos que nos advierten de la existencia de sus microscópicos laberintos. Ya viven de antemano y si no se les inventa de tal forma que alcanzan hasta para paladares insaciables o exóticos, por urgentes o retorcidos  que estos sean.
Para colmo, no hay quien de buenas a primeras se salve de sus abrazadoras llamaradas que aunque tú no las busques, ellas te encontraran. Solo el ejercicio inhumano de la más absoluta abstinencia y abandono, que son terror y olvido de uno mismo, camino de la trascendencia arguyen, nos liberaría, supongo, de su absorbente energía esclavizadora. Unas y otras son alimentos vitales y venenosos, mercancías escabrosas, que componen el mercado de nuestras elevaciones y vergüenzas que se resumen en el menú infinito de lo divino y lo monstruoso, en todos sus matices, de lo que vamos siendo y haciendo, mientras andamos de paso por la vida.
Las hay, agrego, para todos aquellos que se las gozan o padecen, directa o indirectamente, miran o admiran, pues no hay envidia que no consiga presa ni interés que no encuentre negocio, que hasta la guerra vende, ni se diga la muerte. Es tal su variedad, que no hay punto cardinal que allí no se consuma y coincida, pues pareciera que la vida transcurre entre ambos paralelos. Los almanaques de la historia tienen todos sus días marcados con la tinta indeleble de sus ocurrencias, reales o ficticias, que hasta el nacimiento de algún Santo o Beato, queda allí registrado en interés de alguien.
Las victorias vuelan hacia arriba mientras que las derrotas descienden a los infiernos del Dante, por ejemplo. No es lo mismo un descalabro militar que una victoria política o viceversa, sobre todo y más allá de lo evidente, por las fechas, el momento, las circunstancias y las implicaciones de las mismas; por el ámbito vital de su ocurrencia. Por ello es que sobran las dudas para escoger el instrumento para medir su impacto y significaciones.
Existen siempre al menos dos versiones distintas sobre los hechos que las componen y sobre sus cronologías específicas, actores, lugares y repercusiones. Nadie tiene el monopolio de su verdad porque ninguna es cierta de un todo y por completo. Todo depende de quién cuente lo acontecido y tantas veces lo manipule al antojo del poder. Las derrotas son huérfanas, íngrimas y feas, nadie quiere retratarse con ellas, mientras que a las victorias les sobran los pretendientes; son bellas y distantes, se hacen acompañar por chaperonas y andar con ellas es siempre muy chic.
En buena parte de los casos a los principales actores involucrados en su trama se les ha convertido en iconos, arquetipos, hitos de la humanidad, tesoros ejemplares de lo que se debe o no hacer, de lo bueno y de lo malo, de lo bello y de lo horrible, de la sabiduría y la compasión o de la maldad y la vergüenza, humanas todas ellas.
Es de hacer notar que los motivos, indumentarias y perfiles de héroes y villanos han ido transformándose a lo largo del tiempo. De lo sublime hemos pasado en nuestra gelatina histórica a lo impensable, de los gloriosos en la acción a los corruptos, de los filósofos y otros exploradores de la verdad a los que adoran dar golpes de Estado u otras tropelías semejantes, de un buen gobernante a un narcotraficante. Los escenarios también han evolucionado y así hemos pasado de los campos de batalla a las alfombras rojas, de las democracias a una llamada telefónica, de una carta de amor que nunca llega a un frigorífico tuit apuradito de 140 caracteres y no más.
En cuanto a la duración y efectos especiales, hay también para todos los instrumentos que tienen como hobby medir el tiempo. Las victorias parecen durar menos que las derrotas, las  primeras son como la champaña o el perfume exquisito y las segundas como las interminables esperas en el consultorio de un dentista. Ello puede deberse a que las derrotas son difíciles de digerir, constituyen plato pesado, picante, grasoso, de lento y doloroso reconocimiento. Los triunfos por su parte son como los caramelos: engordan, provocan risa, contentura y descuidos, lamentables a veces.
Las victorias, ellas, son además expresivas, hacia afuera, cariñosas, encuentran amigos a más no poder y por doquier hasta que dure lo ganado, aunque la verdad sea dicha no poseen la intensidad pasional de las derrotas. El que vence es botarate, brinca, habla de más, celebra, abre las puertas y ventanas, derrocha plenitud a manos excesivas y corre el muy habitual riesgo de dormirse en sus propios laureles y chinchorros que es igual a sufrir del síndrome de la “etapa superada”, en el cual el pensamiento y la acción, en solitario, en pareja  y hasta en grupo, tienden a desgonzarse cual los resortes que le sirvieron paradójicamente  para tomar definitivo impulso. Al contrario, el derrotado es ahorrativo, íntimo, intestino, persistente, no olvida, insiste a veces; guarda lo suyo en la caja fuerte de los infortunios imborrables hasta nunca jamás. Las derrotas no se reparten, de allí provienen los odios históricos, las venganzas tenaces, los rencores y dogmas, las fantasmagorías.
Conste también que para estos espectáculos hay público del más diverso origen y condición, y tenemos a los que prefieren a los ganadores aunque haya a la par los que suspiran por los derrotados; se complementan con ellos en su papel de padre o madre o hijo sustituto, o quién sabe. Pero en ambos casos hay adeptos persistentes y si no que lo digan la realidad, la literatura, la ópera o el cine, los amores y las distancias imborrables convertidas en emoción y para siempre, la poesía. En esas geografías no hay lágrima que no encuentre pañuelo forastero ni sonrisa que no se refleje en el espejo de otro.
Maestras en el difícil arte de vivir, victorias y derrotas deberían servirnos de enseñanza compañera y de guía para entender que la vida es más que la resta de sus partes.

El primate filosófico


 “La humanidad anda atrapada en esos laberintos insondables, buscando nuevos espacios en los confines de su alma por si acaso no encuentra otra galaxia.” Imagen tomada de la web; sin menoscabo de los derechos de su autor.Las heridas, sociales por lo pronto, cuando se originan y no terminan de curarse, si acaso se intentan subsanar con una propina, con el desfile rimbombante y colorido de una fecha patria, en unas lágrimas regadas al pié de una tumba maquillada en perfumado epitafio, en un perdón hipócrita y por lo tanto humillante, en la fanfarria de la reconciliación, el falso olvido, un edicto pomposo decretando la paz, una plaza y sus palomas tétricas, un héroe que flota en su aburrimiento de incienso, un cheque a cambio de un montón de silencios, total en una deuda de rencores diferidos y culpas impunes que coincide en una carga de lastres impagables, crecientes, vitalicios, históricos, que tendrán que afrontar otros sin suerte asegurada, más adelante, en el tiempo de siempre que se repite inexorablemente.
Casi todas esas deudas heridas cometidas, tuvieron razón y corazón de ser en una invasión, en una guerra, en la guillotina u otras ruinas públicas como quemar viva a la gente colgándola de hereje, en una injusticia o muchas que no por singulares pesan menos; en el racismo, un campo de concentración, un fusilamiento, un secuestro y sus desapariciones, los expulsados por la raíz que sea y que buscan asilo como y donde se pueda; unos presos políticos u otras injusticias parecidas que dan su cachetada de menosprecio por lo humano; un mal gobierno, una torpeza, un desdén, un desplante, y faltarían tanto que agregar que da vértigo.
En la lista de los más populares a quienes se les achaca la culpa de estas catástrofes destacan ciertos conquistadores, una pandilla que adquiere esplendor, fama y poder por sus pericias y maldades, un loco con un arma o micrófono y audiencia colectiva, un truhán que quiere darse un antojo con el apoyo de los electores, demócrata lo apodan, un tirano que por todas las del medio y de la ley de su crueldad desenfadada, encaramado a un dios, destripa, degolla, empala o apedrea, en público y universal, a los que marca de infieles y se ríe sin dientes y sin rostro frente a todos, de todos, sin distinción de edad, raza, sexo o religión. La lista sería larga y más pesada aún; mejor no intentar completarla para no ser ejecutado sumariamente por los que de ella se excluyen en mi inocencia miope.
En fin, que es humillante, lamentable y además de escabroso, que la humanidad esté acorralada por estos designios destructivos, bárbaros e impunes, acolitados por la indecisión que demuestran los que viven y dependen de la volátil popularidad de los votantes, los jefes de gobierno y de Estado por ejemplo, la comunidad internacional que dice estarlo aunque no lo parezca, que deberían erigirse unidos al frente de la defensa de los valores de la humanidad hoy en vilo, sin entrar en detalles exquisitos y debates paupérrimos, por que el común denominador a fin de cuenta es sencillo y frugal, mientras que los peligros y sus consecuencias dejaron de ser inimaginables para acercarse ya al horizonte escaso de nuestras tan inmediatas y sensibles narices.
Porque es que el ensoberbecido mal anda suelto y de su cuenta, y se le ven los tentáculos a cada instante, mientras que el bien nunca se halla, jamás se sabe, se implora, se exige, se le reza, pero se vacila frente a él al verlo en un mundo plagado de tanta desconfianza que hasta él duda de si y se resbala y cae.
Son todas esas sombras persistentes las que nos resumen la vida de hoy a sus escombros evidentes; datos que las estadísticas borran en sus números; la vida de uno en suma de tantas restas y que son más que infames, mostrándose desparpajadas a la luz de los medios de comunicación y redes sociales que no saben qué hacer y multiplican, mientras el mundo se desliza redundante sobre las burbujas de su pomposa vacuidad, “en exclusiva”, mientras los gorgojos trabajan sin descanso.
En paralelo, en ese camino persistente de derrotas y agravios, se nos ofrecen lecciones de bondad, justicia y auto ayuda que basan su argumento en la idea de que no hay otra manera de olvidar una pena, vivir el luto, encubrir la derrota, abreviar el hartazgo que esas penurias dejan, que con el nuevo engaño de aceptar al enemigo, perdonarlo, cercenar la memoria, confesarnos, proponer la otra mejilla o tal vez en contrario exaltando el error lucrativo de un ensañamiento contra un sustituto construido, un muñeco de trapo, con el cual distraer atenciones, un bulto cercano o a lo lejos o todos a la vez que ayuden a drenar la plana intensa de nuestros desencantos. Mecanismos de defensa del yo los llamó y enumeró en detalle Anna Freud la hija del otro. ¿Será que no hay salida? ¿Allí radicará el territorio necesario de la Política, hoy ineludible como nunca antes?
La humanidad anda atrapada en esos laberintos insondables, buscando nuevos espacios en los confines de su alma por si acaso no encuentra otra galaxia. Primates filosóficos, de rama en rama, pensando, huyendo, persistiendo, buscando.

La estrategia del gorgojo

Leandro Area

La estrategia del gorgojoEn Venezuela hay quienes pretenden que, como por efecto de una píldora milagrosa, todo se abrevie, se purgue, sane y se despierte de esta larga agonía que vivimos desde hace 17 años y contando, con la salida de Maduro de la presidencia de la República. Hasta yo en mi desesperación coincidiría con ello sin ninguna duda. Que allí se evapore la realidad abismal que nos sirve de piso existencial día tras día, segundo tras segundo, es otra cosa. Me acuerdo de cuando salimos corriendo de Carlos Andrés Pérez y caímos felices en los brazos de Chávez hasta el día de hoy representado por su ungido e incapaz sustituto. Valdría la pena nos preguntemos: después de Maduro quién, qué, con quién, cómo, hacia dónde. No estaría de más.
Pues es que con puntualidad inglesa y derroche de trópico, por oleadas pero sin descanso, desde hace tanto tiempo que la memoria ya no alcanza, se producen en Venezuela escándalos, culebrones, tragedias que provocan atención y griteríos, capaces de desorientar al más curtido de los observadores. Nunca estuvo de más, menos ahora, treparse al techo de los acontecimientos, si es que ello es posible, para observar el río de nuestros infortunios que pasa mientras la casa en la que nos subimos se hunde aceleradamente, migaja tras migaja, con nosotros encima de antena parabólica.
Y qué casualidad que coincidan guacharacas y loros, cotorras y guacamayas, con comadres chismosas y demás celestinas a estas horas del día, a dar rienda suelta a dimes y diretes, a qué se dice por ahí,  a chismes y demás vecindarios vocingleros. A “rumorear”, que se ha convertido en el deporte nacional favorito por encima del bate y la pelota, salir del Presidente, que no sé por qué motivo me retrotrae a los tiempos aquellos, ni tan viejos, de Carlos Andrés Pérez cuando Venezuela decidió, perdónenme que recuerde otra vez ese pecado de nuestra estrangulación colectiva, tirarse por el barranco que ofreció Hugo Chávez.
Porque en la oposición de ahora es lógico entender su pertinaz referencia estratégica a Maduro y su inenarrable gobierno como causa  de los males bíblicos, plagas, que nos hacen la vida intragable y cuya salida del poder sería condición obligatoria aunque no suficiente para empezar a desatar el nudo de estopa en el que estamos metidos y perdidos.
Pero lo que sí me llama la atención desmesuradamente, no debería tal vez a estas alturas de la vida,  es que tantos chavistas, incluyendo altos ex funcionarios del gobierno, castas palomas de gentil plumaje, con tal vehemencia y arrebato apunten hacia el mismo objetivo, inclementes, de salir de Maduro, dejando al comandante incólume, eterno y tan campante de todo mal y peligro como si él y ellos no tuvieran que ver en nada con el abismo multidimensional y otros chanchullos de hoy; como que si ellos no hubieran timoneado a este Titanic.
Son los surfo-chavistas, oportunistas políticos, neologismo satírico y aprovechado, que define a aquellos que ven bajita la ola y barata la posibilidad de seguir vivos y  prodigarse esplendidos como necesarios e indispensables a los fines de la “transición democrática”. Ahora dan lecciones de honestidad, se dan golpes de pecho, “nos corrompieron” dicen, son ejemplos de pureza, maestros del bien, enemigos de la corrupción, el burocratismo y del militarismo, monjes casi que flotan sobre el Monte Athos.
Venderán caro su salto dialéctico de talanquera envueltos en frazadas éticas y rimbombantes, casi que religiosas, acompañadas de aleccionadoras frases al estilo de “Si el Comandante estuviese vivo…”, que lo que quieren buscan y desean es sacudirse a Maduro de sus espaldas mojadas y migrantes, a cambio de salvar el pellejo de ellos primero, del chavismo de Chávez después y del Socialismo del Siglo XXI, si se puede. En todo lo demás que sobra quedaría la ñapa petrolera a repartir, sana costumbre rentista y neo liberal a la que ya estamos tan acostumbrados del tantico por ciento. Quizás hasta sean Ministros del futuro pues “factores de poder” se han autoproclamado. No te extrañe.
Así es casi siempre la historia de la Historia, el pragmatismo por sobre la verdad, así poco nos guste. La persecución del equilibrio por más inestable que parezca. Por eso es que duran tanto los gorgojos
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La teoría del otro        

Leandro Area

La teoría del otro
                                                                      Primero. A  pesar de las aparentes y aparatosas distancias en el discurso, gestos y acciones del presente, entre Colombia y Venezuela hay algo que las avecina más allá de lo que repiten los libros o aparece rimbombante en los medios. Es que políticamente, a pesar de sus diferencias que son más que matices, las fronteras cerradas, por ejemplo, sus gobiernos, que son débiles e inescrupulosos por distintas razones, necesitan en muchos casos de intensos enemigos, reales o inventados, internos y externos si se puede, equivalentes en sus flaquezas y ambiciones a ellos mismos, para poder sobrevivir como proyecto político que camina a traspiés, y conservar o transferir así el poder sin sobresaltos entre fieles y acólitos de conveniencia.
En ambos casos, guerrilla colombiana y “oposición” a la venezolana, sin tener nada que ver entre sí y más bien al contrario en apariencia, se hacen equivalentes en el papel que tienen que jugar el uno para el otro, en este caso ante sus gobiernos, su pareja obligada de baile, su otro yo estorboso. Estos antagonistas existenciales terminan siendo, por ahora y mientras tanto, complementarios entre sí, comunicantes. Amigos-enemigos, ambos al mismo tiempo. Confianza-desconfianza, resumida en un guiño o en una mueca. ¿Dialéctica? Trialéctica más bien para los tiempos que corren. ¿Usted se imagina a Santos sin las FARC o viceversa? ¿Qué sería de nuestra “oposición” sin el chavismo o al contrario? Y a todas estas dónde queda el presidente Uribe. ¿Un simple desplazado VIP? ¿Un iracundo jarrón chino?
Capítulo siguiente. Mientras un abrumado presidente Maduro, en cadena de radio y televisión, trata de vender un fulano proyecto de ley de emergencia económica y sigue sin encontrar aún de qué frontera ahorcarse desgañitándose por convencer, no sé ya a estas horas quién le pueda hacer caso, que la oligarquía bogotana, “que desde los tiempos de Santander ha querido gobernar a Venezuela”, es la culpable de la mayoría de los males por los que se hunde la amada tierra de Bolívar, el presidente Santos, como si nada, monotemático y encandilado, casi que displicente él con todo lo demás, en trance, avanza inexorable, frenético y ciego, hacia los que algunos advierten pudiera ser el abismo de la paz. ¿La paz perversa?
¿Será, me digo, que en medio de tanto fracaso electoral, quiebre económico y desolación política en Venezuela brotan estas desazones y envidias recurrentes, ahora con motivo de la inminente firma del acuerdo de paz, que los hace clamar tantos insultos y desaires? Porque la andanada de Maduro contra Colombia, que ya había iniciado Diosdado Cabello hace poco cuando maldijo con aquello de “hipócritas, fariseos, malos vecinos, malagradecidos”, para referirse a los hijos de la Nueva Granada, no puede provenir sino de un terrible sentimiento de fracaso convertido en culpa, o celos o cálculo en suma, que los lleva a desahogarse desesperadamente y para colmo en público, frente a la supuesta indiferencia de Colombia para con Venezuela “que ya ni  nombran” y a la que deben, según los chavistas, además de otras extravagancias, hasta el territorio en el cual se está negociando la paz, que es el de Cuba, inocente paloma. Para mi gusto, justeza y coherencia, los quejosos gobernantes venezolanos debieran también drenar su frustración frente a los hermanos Castro y las FARC-EP por semejante, dramática e insoportable inapetencia, causa de este despecho. ¿Y cómo así, si hasta no más ayer dizque éramos los mejores amigos?
Otra escena. En Colombia es más que evidente que la guerrilla precisa existencialmente de Santos, pues aquella brújula violenta que indicaba cómo tomar y orientar el poder cambió de puntos cardinales. Ya el norte no es el norte, ni tan siquiera el sur, es otra cosa. Ahora el camino de la insurgencia es la “vía venezolana al socialismo”, a saber, el modelo chavista, democraticón él, sinónimo ensortijado de comunismo para cuyo logro “alias” Juan Manuel es el instrumento apropiado. ¿Para qué tanta selva si ya ni presos? ¡Que viva la justicia transicional, hermano! ¡Que viva la democracia!
Por su parte, si a Santos se le viene abajo el castillo de naipes de la paz, pues, que lo nombren embajador en cualquier parte, ya que no tendrá más carreta que echar. Su razón de ser y de estar, su narrativa, políticas todas, comienzan y terminan en la paz sin plan “B” a la vista, y en esta materia su verdadero socio, además de la izquierdosa comunidad internacional, no lo es la sociedad colombiana, que no está a su favor, o la oposición política reconocida institucionalmente, que lo enfrenta, sino los alzados en armas, sus amigos-enemigos dialécticos, sus verdaderos socios capitalistas para ganar la historia, lo que antes nadie jamás, la gloria inmarcesible, el júbilo inmortal.
Última nota. Por su parte, en Venezuela, achicharrado país petrolero y por los vientos que soplan ya ni eso, el gobierno autoritario si quiere seguir fingiendo de demócrata, que ya tampoco importa demasiado, requiere reconocer a la oposición así no se la trague, que acaba de obtener un apabullante respaldo electoral y ahora preside y es mayoría en la Asamblea Nacional. Porque en verdad el gobierno ya no existe sino como mausoleo, cascarón de proa desvencijado y encallado en los sargazos del cuento, sin líder ni partido ni dólares que obsequiar. Manda porque la Fuerza Armada aún lo respalda y en eso se le va el tiempo, en no caerse del todo. Se despidió de sí mismo. Aparentar estar muerto es fácil. Fingir que aún se está vivo es lo difícil y los precios de sus recursos histriónicos han bajado en la bolsa de Nueva York de tal forma que ya nadie les compra la charada. La política puede llegar a ser en estos tiempos enmarañados la ciencia de lo imposible. Y en esa pesadilla andan.
En estas postrimerías a la oposición democrática corresponde acompañar al que se va, constitucionalmente, sin perdón y sin odios, hasta su último adiós y cerciorarse de que todo quede bien ensalmado no vaya a ser que después se aparezca de noche y nos asuste con lo ya repetido del brinco por la espalda.

miércoles, 30 de diciembre de 2015

La victoria es nuestra 

Leandro Area

La victoria es nuestra

                    Bajo la mirada vigilante y por si acaso nutrida de los medios de comunicación internacionales, predispuestos al principio y sorprendidos al final, en Venezuela se acaba de realizar una consulta electoral en la que la ciudadanía, cuya participación fue del 75% del total de votantes, decidió sobre la conformación de la nueva Asamblea Legislativa para el periodo 2016-2021.

Resultó favorecida de manera abrumadora y contundente por el voto ciudadano la oposición democrática, reunida en torno a la Mesa de la Unidad Democrática (MUD), frente a la opción gubernamental representada por el Partido Socialista Unido de Venezuela (PSUV) y sus aliados, concentrados alrededor del llamado Polo Patriótico.
Las cifras oficiales resultantes de la misma, publicadas a trompicones por el órgano comicial, Consejo Nacional Electoral (CNE), devoto histórico del gobierno, otorgan a la oposición, sin que entremos en mayores detalles, 112 curules de los 167 del total, quedando en número respetable más minoritario los 55  escaños obtenidos por el gobierno que desde hace 17 años domina, avasalla y pervierte, con desenfreno de heliogábalo corruptor, a todos y a cada uno de los poderes del Estado. Aquí los mal hablados dirían que “perdieron por paliza”, refiriéndose a los candidatos del gobierno, pero esta es un particularidad en el lenguaje que preferimos tan solo consignar aquí para mayor comprensión de la psicología social y política, en apariencia juguetona o mordaz, de la gente de por estas regiones extraviadas del mundo.
En todo caso nada fuera de lo común debía resultar en un país que quiere que se le llame democrático o al menos así se lo menciona formalmente en el texto constitucional, que unas  elecciones arrojaran resultados distintos a los que aspiraba el partido de gobierno quien en definitiva no es dueño de nada ni de nadie aunque ni lo oculte ni disimule en sus permanentes y obsesivas aspiraciones totalitarias que se expresan en su manera de pensar, decir y actuar.
Porque en definitiva no es democrático el gobierno, ese no es su talante y sus acciones y omisiones así  lo delatan sin el menor rubor. Aquel que debió ser y no lo es representante de todos los ciudadanos de esta nación nombrada Venezuela y no tan solo de una parte de ella que dan en clamar “pueblo”, que es el seudónimo más tramposo y demagógico del universo, ahora que perdieron las elecciones dice los castigará quitándole el sueño de tener una vivienda digna porque en este momento, les sonsaca el presidente, está viendo a ver si en verdad las construye, ya que no votaron por él. O exigen, dicen las malas lenguas, les devuelvan el taxi que les regalaron a algunos simpatizantes a cambio de su voto me imagino y que ahora que perdieron, el negocio se fuñó, está roto. ¡Qué devuelvan ese corotero!
¿Este resultado electoral quiere decir que el gobierno se acabó definitivamente? Lamentablemente no, aunque por sus reacciones pareciera que sí. Perdió el vínculo que mantenía por varias vías, valorativas o utilitarias, con las mayorías. Ahora es menos que un extraño. Un invasor, un mentiroso declarado que no cumplió con lo ofrecido.
A todas estas, adictos al poder, se han puesto ora lacrimosos ora vociferantes, ora sublimes ora extraviados que ya no encuentran qué hacer con su guayabo. Las derrotas son huérfanas y se han convertido en buscadores implacables de culpables y los tienen al lado, son ellos mismos y más nadie. Pero no, racionalizadores de su fracaso miran hacia afuera, para arriba, abajo, a la derecha, a la guerra económica, el imperio, fantasmas, embusteros galácticos  que  se solazan en el auto engaño.
Se les olvidaron las letras del ABC político o es que no están hechos para entender una realidad como la de ahora que ya no les pertenece, de la que se extrañaron ellos mismos a fuerza de ambición, corruptela y negociado. Desconectados de las cosas hablan, gesticulan como niños malcriados. Mamá, que yo no fui, que fue Jaimito. Se hacen los locos.  No entienden que en democracia, porque no son demócratas, el voto no es una pertenencia, los ciudadanos no son esclavos, los liderazgos no son ni amor ni frenesí sino un elusivo vínculo que hay que ganarse y mantener con esfuerzo personal, político y administrativo y que es alternativo, cambiante, engañoso e infiel si usted me apura a dar explicaciones.
¿Este resultado electoral anuncia que la oposición llegó para quedarse? Ojalá que sea así, con tal que lo haga en procura de lo que dice defender, que no lo dudo, y frente a lo que se resiste con coraje como lo es el irrespeto de los derechos humanos, la pobreza y la injusticia social en todas sus expresiones. No es fácil ser oposición en estas dictaduras y por lo tanto no es difícil caer en la trampa de la imitación. Pero la fuerza de hoy reposa en ellos. La ciudadanía los apoya y observa.
La oposición deberá madurar superando sus debilidades que tienen que ver con dos aspectos cruciales: el de los demonios internos del egocentrismo que restan a la unidad política, cuántos diputados no perdimos por ello, y la concreción de un proyecto audible de país, comprensible, compartido, deletreado, masticado y digerido con y por la mayoría de los venezolanos. La oposición debe seguir en la calle. Debe continuar por otras vías en campaña política. ¿Cuáles? Habrá que definirlas. La Asamblea es tan solo una geografía institucional desde la cual trabajar con los ojos puestos en el país y no en el escritorio. Debemos multiplicar la victoria.
En todo caso y en paz el país hablo con voz precisa. Su mandato es cambiar. Escogió un referente político que es la oposición, pero hay un exceso de ilusión peligrosa que pone sobre sus hombros componer un país que otros destruyeron. Y el tiempo de hoy apurado por las necesidades y las urgencias es más veloz que nunca. El gobierno no sirve, no sirvió, así roten a todísimos los ministros. El problema no radica allí sino en el modelo. La oposición tiene la esperanza de todos en sus manos. Ese es el camino en el que andamos que no es de rosas y que además es culebrero. Pero los dados se jugaron y la victoria es nuestra.
El día de los días
En Venezuela hemos hecho un gigantesco esfuerzo para crecer, vencer, y salir de lo hondo de la mina que somos. Lo digo desde el lenguaje de los míos que son muchos, que son de los que piensan que este país tiene que tomar otro rumbo y que triunfar no es sinónimo de deuda sin pagar o de venganza, de lo tuyo o de lo mío, que es más allá de tus propias narices. Y que ya a esta geografía le sobran, menos mal, tantos loros y reinas, imágenes, manantiales, caudillos, aceites y corsarios, y le falta, eso sí que le ha sido azaroso y mezquino, un denominador común, una raíz que no sea el fracaso de hoy sino por el contrario una pujanza, una sola garganta que incluya mil registros, los que se expresan a través de la cultura democrática, para nombrar la diversidad que somos, que sufre en común y se despierta imagino, soñando todavía con ser alguien por fin en esta vida.
Porque estos abuelos, padres, madres, hijos y demás herederos, retoños por igual de esta agraciada tierra hoy plena de desgracias, merecen más que este vendaval que hoy bufa su deriva. No es este nuestro mérito, lo que valemos, orgullo más estima, horizonte ahora vertical picado en dos mitades, sin perspectiva alguna de bondad o regocijo, con el que se nos conmina a padecer el enrollado devenir de nuestras interminables inclemencias diarias. Horizonte sin horizonte. Calle ciega.
Tampoco nuestro pasado merece tanta vergüenza. No creo que exista héroe civil o militar de los de aquí, de esos que hacen hablar desde el poder como a unas marionetas, inventándoles figura, gracias, vida y muertes, que desde el pasado puedan estar conformes con esta andanada de desprecio en cadena. Ninguna lección de historia permitirá en breve narrar objetivamente esta conjura, esta venganza organizada para justificar una deshonra. Al menos no por ahora. Pasará mucho tiempo para que sanen estas heridas rojas. Será un aprendizaje, una superación de los espíritus, una expiación insólita y lunática, como si un rayo nos hubiera caído en mitad del desierto en una insondable alucinación.
A veces me recojo a observar, desde mi submarino, lo que ocurre en la superficie de mi entorno a través del batiscafo miope de mis radares lentos y me encuentro con una inmensidad de soslayos, de erizamientos constantes, de alergias empozadas, de tropiezos hasta para pelar la mandarina más madura, de ironías inclusive en el gesto y las señas, la sonrisa apretada a unos labios postizos. Exacto, exacto, casi todo es postizo o calculado, tramado y taimado para evitar o perjudicar al otro, esquivar su mirada, rehuir intercambios de fluidos y símbolos.
Pero también parece que se cerrara un ciclo, aunque los tiempos tengan finales lentos y tortuosos pues no se pueden cortar con una tijerita. Se acerca el día de los días que no el último, quede bien entendido.


Y llego con ilusión medida y cauta a estas alturas y miro las luces que se arrebolan con las sombras y me pregunto por qué no apostar unas lágrimas derramadas en el camino andado, lleno de zancadillas y traspiés, al porvenir que es en todo caso el sustento que nos atesora y convierte en humanos.  Por qué no dar paso a la esperanza, amar una ilusión, bailar sin piedad con nuestros semejantes, tocar todas las puertas de las casas, que salga la gente a decir basta que ya yo me cansé y tú y él y nosotros y vosotros y ellos, y todos los demás. Que fluya la parranda de votos que les vamos a dar a estos camaradas que nos salieron los peores del mundo. ¡Qué ambición de poder tan destructiva y patética! Ni para una carretera han servido a pesar de tener a manos llenas. Como para olvidarles el respeto eternamente. ¡Qué pérdida del glamour en todo caso con las botijas llenas a la vista de todos que no nos causa envidia por si acaso sino arcadas, espasmos, contracturas de vientre que incluyen en escena un sollozo, una lumbre, unas campanas de Belén, una alegría, un abrazo, una fiesta!.

Los demonios del gobierno venezolano

A la memoria de Luis Manuel Díaz
Nota del Editor: “Que la violencia sea la partera de la historia es el reino que andan provocando frente al descalabro y previsible fin del Socialismo del Siglo XXI.” Imagen tomada de la web; sin menoscabo de los derechos de su autor.
A los que en Venezuela envilecen la política con el asesinato del adversario como ocurrió recién con el dirigente de la Unidad Democrática, Luis Manuel Díaz, Secretario General de Acción Democrática en Altagracia de Orituco, estado Guárico, faltando apenas días para las elecciones a través de las cuales se renovará el Parlamento, la derrota electoral de los candidatos afectos al gobierno de Nicolás Maduro calzará a la medida de sus más laberínticos demonios y miedos que no son otros sino los que se resumen en la pesadilla en la que ellos suponen, sus razones tendrán, se convertirán sus vidas si pierden el poder. Allí se explicaría su violencia.
Al que aquí les lleve la contraria, “todo el poder para los Soviets” Lenin dixit, le tachan de enemigo del pueblo, de la revolución, “apátrida” lo insultan, bajo cualquier pretexto se le aplican otras formas de intolerancia menos brutales y sangrientas que el crimen si se quiere, como la cárcel por ejemplo, el exilio, la inhabilitación política y demás alimañas como la humillación en público frente a las cámaras u oídos de tantos radio escuchas, o a través de medios de comunicación escritos, todos de ellos, casi, que para eso ya se han convertido en unos expertos que ni en el imperio, tan absorbentes e inseguros y tan de monopolio al mismo tiempo como corresponde que si te pones a ver no hay para que extrañarse con tan buenos y flamantes maestros que se gastan.
Así que pudiera pensarse, de libreto y si así fuera, que lo que se busca con hechos como el crimen de marras, es generar temor e inhibición o antes bien encender y multiplicar odios, desprecios e iras, que todas, solas o juntas, verdaderas o falsas, son malas y perversas consejeras; fuerzas desatadas que en manos de insalubres gobiernos, como el de aquí y ahora, sin institución ninguna de contrapeso, pudieran traer funestas consecuencias para los que creemos en la Democracia; demonios, otra vez, que sueltos en una sociedad polarizada, frustrada , de tradiciones caudilleras y sin referentes de autoridad civilizada bien definidos y creíbles, sean estos carismáticos, afectivos o legales, desataría energías de venganza o revancha, en todo caso caóticas y sin control, que harían necesarias reacciones ya de guión y fuerza militar, conocidas por dictatoriales, sórdidas y cruentas.
Que la violencia sea la partera de la historia es el reino que andan provocando frente al descalabro y previsible fin del Socialismo del Siglo XXI, que no se necesita ser vidente, como emblema de un pasado ya muerto y más ahora con Argentina como esperanza tan cerca mordiéndoles los talones: suspensión de elecciones, estados de excepción, cesación de garantías, alteración del orden público, restricción de los derechos constitucionales, juntas cívico-militares o militares-civiles, intervenciones extranjeras, violación de la soberanía, “nos espían”, “nos invaden”, “nos roban”, paramilitarismo, magnicidios, cierre de fronteras y un largo bostezo de etcéteras que hasta ellos mismos se ríen de ellos mismos pero ahora ya en serio; cualquier cosa con tal de no perderlo todo que ya está perdido de antemano y lo saben que era ante todo aquel afecto, que más que amor frenesí, que existía frente a la realidad de hoy que es de hambre, de escases, de inseguridad y de todo lo demás para ser breves y que la gente del común expresa a través de una sencilla frase: “Este gobierno ya no sirve”. La hipnosis aquella ya pasó.
Pero mire que tratándose de estos energúmenos para quienes respeto o afecto no tienen ninguna jerarquía ni prosodia, es posible cualquier trastada y más aún sintiéndose derrotados aquí adentro y preocupados por lo que piensan y murmuran por allá los gobiernos que nos chulean y malgastan con tal de no entregar. No es cuento, ellos mismos lo dicen y de ñapa se ríen.
Ahora bien, a pesar de sonar demasiado prudente y casi que temeroso, timorato más bien, el rechazo indignado pero nunca violento, organizado y contundente en todo caso, tendría que ser la reacción que la sociedad venezolana y sus dirigentes deberíamos demostrar frente al natural sentimiento de dolor, odio y ganas de justicia, la hoy corrupta, como reacción al asesinato, en tiempos de impunidad, de un dirigen político cuyo único pecado fue no pensar igual que los que propiciaron y ejecutaron su crimen, sea quien sea, y creer que un país distinto era posible.
La sociedad venezolana frente a este homicidio debe levantar la voz y rechazarlo de la manera más rotunda y dar demostración de convencimiento republicano a través del voto, la participación y la calma, en estos momentos turbios y provocadores, calculados quiero decir, desde el poder y no caer en celadas y trampas que de ellas ya debiéramos estar curados en salud y hasta la coronilla.
Los líderes democráticos de esta hora crucial deben ser de lo más suspicaces y cautos, orientados y orientadores, unidos más que nunca si alguna vez lo fueron, pues lo que está pasando, frente a las tupidas narices de los observadores internacionales, podría ser la chispa, la celada, otro tipo de fraude, que dispare consecuencias funestas, todas favorables a los intereses del torvo gobierno que tenemos la mala leche de padecer desde hace ya hace 17 años y que no quiere aceptar por las buenas la simple evidencia que se respira en las calles: que la gente está harta, hasta los tuétanos, de su mala gestión.
De la escalada de violencia proveniente desde hace tanto ya tanto, maliciada y malcriada, como sea, desde las más altas cumbres del gobierno, desde donde además se la estimula, invoca, acolita y premia, no es de extrañar que aparecieran tales eventos y bríos de maldad pues era previsible que esa misma violencia, en un clima de impunidad, fuera el instrumento con el cual es posible boicotear el proceso electoral en curso, en el que no creen sino del antifaz para afuera los representantes del más retardatario y empobrecedor de los gobiernos que en Venezuela hayamos tenido jamás nunca, que es mas allá que nunca jamás, que utilizan como franquicia burguesa el recurso legitimador de lo electoral pero frente al cual ahora reculan con terror al ver la inmensidad y la inmediatez de su derrota.
Que no quede impune la muerte de Luis Manuel Díaz. Respeto a su ejemplo que debe convertirse en memoria.

Muy Querida Argentina

Muy querida Argentina.
Afectuosa amiga.
Ciudad.
"Felicitaciones Argentina. Ganó Mauricio Macri y su equipo. Perdieron Kristina, Chávez, Maduro, los Castro, los Lula, Evo, Correa, Ortega, etc." Imagen tomada de la web; sin menoscabo de los derechos de su autor.
“Felicitaciones Argentina. Ganó Mauricio Macri y su equipo. Perdieron Kristina, Chávez, Maduro, los Castro, los Lula, Evo, Correa, Ortega, etc.” Imagen tomada de la web; sin menoscabo de los derechos de su autor.
Felicitaciones Argentina. Ganó Mauricio Macri y su equipo. Perdieron Kristina, Chávez, Maduro, los Castro, los Lula, Evo, Correa, Ortega, etc. Esta pudiera ser la primera advertencia que en estos tiempos anuncia, ojalá, la llegada de vientos de cambio político, tan esperados, en América Latina. Repican pues campanas de bonanza.
Internacionalmente es una derrota para el populismo que los Kirchner impusieron como forma de cultura política dominante, bajo los auspicios de su mentor del Socialismo del siglo XXI, demás compinches y tantos enchufados al silencio cómplice y mullido que inyecta el tintinar del goce que se siente al recibir, sin factura siquiera que invente alguna deuda, beneficios provenientes del festín petrolero que desde aquí se repartía y reparte aún a manos inescrupulosas y llenas, a cambio de fugaz y embusteros apoyos en comparsa.
Argentina se merecía esta victoria tan esperada por tantos y esta derrota tan merecida para otros que amasaron el poder a su manera e intereses como si fuera de ellos, y de qué forma, durante 12 larguísimos e interminables años que fueron lo más parecido al infinito. Por lo siniestro, por lo cursi e irrepetible. Por lo insoportable.
Este cambio es la expresión ciudadana de la frustración represada que se expresó a favor de la democracia y la decencia y en contra de una envilecida forma de la acción colectiva. El fracaso de los que pervirtieron la política les calza a la medida.
Esperamos pues para ti y los tuyos, Argentina, ciudadanía y dirigencia, cosechas de orgullo, prosperidad, consensos y decencia. Ojalá en Venezuela podamos celebrar el 6-D una victoria como esta. Qué gusto nos daría. Sería una fiesta en la que ustedes estarían presentes en primera fila.
Porque es que Venezuela vive las horas más oscuras y torvas de su historia. País donde ya no se puede vivir ni respirar sin tener que enfrentarse con la ambición invasiva que acaparan desde un poder corrupto los que aquí mandan a la brava, porque ningún poder limpio puede sostenerse en el ejercicio del mal como política de Estado ni en la administración perversa de una libertad envenenada que habrá que recuperar algún día en estas tierras prosperas pero marchitas.
En el calendario venezolano se asoman las elecciones legislativas del 6 de diciembre de este año que pudieran mostrar el acceso a un camino de esperanza para los que militamos en la Unidad Democrática. Lo de ustedes, con lo que tenemos de distintos y múltiples, constituye un ejemplo para toda la región y eso debe ser motivo de orgullo para los argentinos y de esperanza para todos los latinoamericanos que nos merecemos otros horizontes y destinos.
Pero por el momento dejemos los discursos de ocasión que por más que uno quiera tienden a ser circunspectos y prudentes, y celebremos sin más, juntos y por todo lo alto, este tango compadrito que nos pone a todos a bailar en medio de la calle Corrientes 348 segundo piso ascensor.
Felicidades otra vez Argentina. Te lo merecías. Estamos contigo en la distancia en la que nos arropamos con los pliegues de un verso entrañable y caminito.

Chávez: la derrota inconclusa

 Leandro Area


“El inventó una alucinación hoy marchita en el seno de tantos que ahora son más pobres y están más desamparados y desesperados que antes y no solo de lo básico sino también de lo sublime.” Imagen tomada de la web; sin menoscabo de los derechos de su autor.“El inventó una alucinación hoy marchita en el seno de tantos que ahora son más pobres y están más desamparados y desesperados que antes y no solo de lo básico sino también de lo sublime.” Imagen tomada de la web; sin menoscabo de los derechos de su autor.
Según se ventila en el cotarro, su muerte, digamos prematura, ocurrió en misteriosas y plurales fechas, supuestamente en Cuba, bajo los auspicios y cuidados intensivos, milimétricos y de exclusiva administración de los hermanos Castro, en circunstancias médicas además de tortuosas y enmarañadas, aún anómalas, anónimas y apócrifas.
Esos son los hechos susurrados, verídicos no me atrevería a testificar, menos aún en manos de aquellos y de estos. En fin, engorrosos eventos expuestos en inmejorables y oficiales párrafos increíbles.
Todo eso sí fabricado al detalle, no quepa la menor duda, para que su urdimbre se tejiera y cuadrara perfecta con la ascensión ilegítima de Nicolás Maduro, ciudadano con partida de nacimiento dudosa, ungido en todo caso, aunque no exento de ambiciosos rivales, a la Presidencia de la República Bolivariana de Venezuela, como sublime y apoyado sucesor del ahora Comandante Eterno, en los manejos del poder que da un barril de petróleo al reverencial precio aquél de 100 dólares. ¿Y qué importa que no naciera aquí, en las tierras gloriosas del Libertador Simón Bolívar, si en todo caso ha sido él El Elegido y desde Allá? Tanto qué repartir y usted mirando en los rincones. No parecen cosas suyas, camarada-compadre.
Lo cierto, sí, es que la desaparición física de Chávez deja secuelas profundas para Venezuela, la región y más allá, y ofrece material de escabrosa película para inferir lo que será y ya es la previsible novela e impacto en la vida cotidiana de pueblos que construyen realidad e historia, a falta de otros propósitos y motivaciones, a partir de esos héroes de utilería que a veces irrumpen, muy de seguido por estas geografías habitadas, sobre todo en momentos de penuria y desilusión tan comunes a pesar o en razón del prodigioso exceso de la naturaleza que otorga, así no más, riquezas sin esfuerzo, benigno clima y bonhomía de gentes, falta de educación e instituciones, subtítulos y goces que tanto nos adornan.
Ahora bien, una muerte digamos que a destiempo, precoz ella, inesperada al menos, cuando un proyecto de vida se va desarrollando y deja trunca la ambición de poder que se desea destino, abona a que la gente escarbe necias preguntas en tardes de desgano, por ejemplo: ¿Y qué si aún siguiera vivo? ¡Conclusiones, buen hombre, conclusiones¡ Sigámosle la corriente a la tertulia.
Las primeras respuestas que enhebro y se me vienen dispersas a la tinta son las que aquí expongo. Primero: murió, tristemente, antes de tiempo y ello le sirvió, sortario él una vez más, para evitarle el drama de reconocer frente a sí mismo y en vida, al menos en lo íntimo y si acaso, nunca en público, su derrota militar y política. ¿Lo haría?
¿Si su vida hubiese sido más larga, cabría la posibilidad de que admitiese frente a sí mismo su ruina o descalabro como líder de su proyecto galáctico, concebido por él, el Socialismo del Siglo XXI, que aún respira aunque boqueando y que ya cojea por doquier que echó raíces y repartió, su verbo predilecto, a manos llenas y esplendidas, a cambio de tanta complacencia? Usted conoce la respuesta de antemano. No sigamos siendo tan sublimes y propiciatorias perdices. Definitivamente, no. Fue el suyo un regalado anzuelo bien cebado, garfio, pesca de arrastre, que llenó la insuficiente canoa de sus fauces con peces boquiabiertos y ahítos. Él mismo se sorprendió de su benigna estrella. Así, tan fácil, cómo echar para atrás.
Segundo: por otra parte, si te pones a ver, la muerte de Chávez retrasó su derrota y la de otros. Muriendo él, paradójicamente, le otorgó un respiro al desencanto que deja el abandono. Ganó, ganaron tiempo. El luto distrae y abstrae con su hechizo y a veces, como las moscas, es interminable. Por ahora, todavía, aún, quizás.
Tercero: sus hijos políticos y seguidores más cercanos corrompieron su legado, si alguna vez lo hubo, dándole rienda suelta a lo que codiciaban desde antes pero no se atrevían con todas las de la ley, por ahora otra vez, estando aquel en vida. Todo lo que pudo haber de razonable o ingenuo en el sentimiento originario del líder máximo, además de revanchas, carencias personales y egocentrismos, relacionado con su justicialismo social, devino, tanto durante su mandato como sobre todo después de su fallecimiento en apretados sinónimos, a saber: mentira, vileza, dictadura y corrupción.
Cuarto: internamente a pesar de estar muerto pareciera estar vivo. Está sin ser. Lo usan como a un muñeco inflable. De escudo contra ellos mismos y sus grietas que no se perciben sino a la luz de los contrastes que se asoman a través de las sombras. ! Ay de ellos cuando exploten!
Se lo inventan y asolean de espadachín contra los molinos de viento reales o tramposos, casi siempre estos últimos, para nada quijotescos en todo caso, que total qué más da. De falaz instrumento para huir de la realidad de su colectivo barranco a punta de pistola, de miedo y piñatería regalona y harto más aplaudida por cencerros y guaruras de fondo.
De hecho es él, por ejemplo y aparte, el que les hace la campaña electoral a los candidatos de su partido, el PSUV, de cara a las elecciones legislativas del 6-D próximo. No consiguen qué hacer a estas alturas. Se le oye, se le ve por doquier ya que Maduro es incompetente también para ello y más ahora con la familia presuntamente involucrada en asuntos de tráfico de drogas hacia el imperio.
Saben que el fin está cercano y le dan vida artificial al difunto. Lo exhiben sin respeto, desesperadamente. ¿Pero es que si el Jesús de Nazaret resucitó, entonces por qué no el de aquí, el de Barinas? Milagros, milagros, necesitan milagros pues la derrota, aunque les queden el C.N.E. y otras verduras, parece ya cantada.
Quinto: Sigue y seguirá siendo un referente popular, una figura coloreada que el tiempo ayudará a desteñir, hacer borrosa y por eso duradera. Habrá que agregarlo a la retahíla de bienaventurados y subir al altar casero de nuestro karma colectivo junto a las ánimas del purgatorio, María Lionza, Negro Primero, inclusive el petróleo y demás hierbas aromáticas.
Sexto: con este parque fantasmal de fondo numismático, ya derrotados, pudieran pensar hasta en hacerse guerrilleros. Tienen ya tanto atesorado para ese negociado, aunque pensándolo bien, la frustración es ciega pero no tonta, y en un país caliente y con mentalidad minero-petrolera es posible que los más cuerdos y avispados de entre ellos recapaciten y, aunque a regañadientes frente a la pantalla, sigan en la contienda política y se amolden, dirán, a las circunstancias. ¡Tomemos a Colombia como ejemplo, camaradas! ¡Dialoguemos la paz!
Séptimo: Internacionalmente la imagen de Chávez se ha convertido en una exótica opción de consumo masivo y propaganda, compitiendo en mercado con la marihuana, el Ché o con Elvis o James Dean o Madonna o todos juntos a la vez, en el batiburrillo lamentable que somos estos días.
Último: Sí, a estas alturas de la conversa que hemos tenido que ha sido todo lo que usted quiera de risible o perversa, de seria o de confusa, de discutible o de real, lo más importante y lo más grave de entre todas las cosas aquí repasadas, es que su proyecto político personal deja una ruina que no se resuelve con petróleo y menos en un día.
Él irrespetó los derechos humanos, propició la corrupción como instrumento para capitalizar lealtades, militarizó lo que antes era Democracia, destruyó las instituciones, la economía, polarizo la sociedad, él alentó la violencia, él aupó la complicidad y el silencio entre su secta frente a sus tropelías, él maltrató tanto a tantos a mansalva que no cabe el perdón y menos el olvido; cambió la manera de mirarnos los unos a los otros y tanto así que casi ya ni eso. El inventó una alucinación hoy marchita en el seno de tantos que ahora son más pobres y están más desamparados y desesperados que antes y no solo de lo básico sino también de lo sublime.
Para colmo de males, no contento con irse, allí nos tiró ese fardo que nos deja tan lejos del presente y tan aislados de lo promisorio. Constituye todo ello, supongo, razón válida para que nos unamos los que militamos, con el perdón de las palabras, en la esperanza y no en el rencor o el odio que serían, si te pones a ver, justificación para caer en la tentación de imitar lo que decimos aborrecer. Sería una trampa más de su torvo legado. Sería darles la razón, otra vez. Sería parecernos a él y a lo que representa.
Pero aunque en lo personal no quiera ser ni títere de mi tiempo ni de mis circunstancias confieso, ya que andamos por estas sacristías que inducen a confesiones y limosnas del alma, que el diálogo me cuesta, Padre, lo confieso.
Es parte de su herencia, hijo. Un símbolo herrado en nuestro ángulo más noble. Una distancia insoportable. En todo caso una culpa histórica e interminable que su memoria y la de los de él, no podrán justificar. Cargaremos con eso y hay que aprender a manejarlo. Con esa trastada a cuestas tendremos que inventar algún recurso para poder dormir en paz. Esa necesidad de adiós que nos domina. Un eco inaguantable de ganas de hasta más nunca, comandante. Un mundo por fundar, otra vez, si te pones a ver el lado repetido de la historia.